Whisky

Acababa de terminar Whisky , y tenía delante de mí un papel en el que tenía que señalar preferencias dentro de un elenco realmente bueno: Entre copas (Sideways, 2004), Vidas Rebeldes (The Misfits, 1961) o Primavera, verano, otoño, invierno y…primavera (Bom, Yeoreum, Gaeul, Gyeowool, Geuring, Bom,2004) que me acuerde. ¿Por qué Whiky?, si al final salí con una depresión de caballo, maldita sea. Una película que te pone delante todas las miserias de la vida, que me tiraba a la cara un hecho del que trato de huir: que la realidad, la usual cotidianidad, esconde dentro de sus mecanismos repetitivos un horror, lo miserable que puede ser nuestra vida. No, esto es un plato que Woody Allen a menudo me hace digestivo.whysky Pero esta vez, me lo estaban poniendo delante de mis narices dos cineastas casi noveles en estado de gracia. Sin efectos, sin hacer ni un solo movimiento de cámara, algo que me diera un respiro por tanta mísera cotidianidad que me ahogaba. Denostaba una y mil veces ese “¡Dios salve a los trípodes!” que con orgullo proclamaban los dos genios creadores de esta obra, Juan Pablo Revella y Pablo Stoll.
Cuenta Buñuel en sus memorias que cuando estaba montando El ángel exterminador (1962), su ayudante le llamó la atención: “Don Luís, esta escena ya está montada”. El cineasta aragonés sonrío y dejó la cosa tal cual estaban, y si uno se fija bien en la película, ve escenas que se repiten una y otra vez, como un acto surrealista, recalcando lo absurdo y lo obsesivo de los actos repetitivos. Lo triste es que si alguien pusiera una cámara en nuestras vidas, e hiciera un montaje, también alguien lo haría notar: “Oiga, aquí escenas que se repiten”. Todo eso y más me lo estaba reprochando aquella película y encima tenían la desfachatez de incluirla en aquella lista. Lo peor es que me había gustado. Disfruté con toda aquella pornografía de realidad sórdida, que mostraba obscenamente la historia miserable de aquellos tres personajes pequeños.
Ni Rebella ni Stoll eran cinéfilos, sino unos lectores compulsivos de comic. Pero ya se sabe que en todo dibujante hay un director de cine y solapadamente en todo encuadre de cámara hay una viñeta. Ya dijo Hugo Pratt , que el Comic es el cine de los pobres, aquel al que el hermano rico, recurre en forma de story board cuando quiere poner orden en las imágenes. Los dos directores uruguayos no habían puesto los pies en un plató de cine hasta que rodaron su primera película 25 Watts. Antes que las obsesiones y las aficiones, hay que contar la vida, y es raro la ópera prima que se escapa de ello: durante 24 horas se da cuenta de la existencia de Javi, Leche y Seba, tres jóvenes del Montevideo actual, que a punto de abandonar el bachillerato, esperan si saber qué.

No es fácil narrar la rutina, las relaciones simbióticas pero frías de cada día, nuestras dependencias, nuestros hábitos. El cine de hoy avanza cada día más en crear más efectos, en pone piedras sobre torres, en definitiva, riza el rizo cuando se trata de narrar vidas trepidantes o aventureras. Todavía queda mucho camino, y no abunda, inventar esquemas narrativos que nos lleguen, que lo que sugieran (bueno o malo) sea más de lo que dicen, que se peguen a nuestra piel, que nos hagan daño por pura identificación, que lo narrado sean dos manos que salgan de la pantalla para zarandearnos el alma, y nos la dejen todavía vibrando cuando salgan las letras.

Llegar a ello se puede hacer por muchos caminos, a cual más inverosímil. Los directores de Whisky encontraron la fórmula, la estructura para narrar este triángulo amoroso y decadente en un cómic clásico: Jimmy Corrigan, el niño más listo de la clase. Su autor, Chris Ware revolucionó la historieta americana y por ende la mundial con su publicación en 1993. Temáticas complejas como la soledad, la alienación, la pérdida de humanidad, tan difíciles de transmitir en un mundo tan ecléctico como el del cómic, donde se debe de luchar con tantos y ,en apariencia, tan buenos competidores, eran tratadas con un lenguaje personal y distinto, como nunca se había hecho hasta entonces. No, Whisky no era una película sencilla, aunque en apariencia lo pareciese, pero eso no significaba que no fuera fácil de identificar.
Ví Whisky después, unas cuantas veces, la última poco antes de la muerte de Juan Pablo Revella, casi dos años después de su éxito. Lo encontró Stoll delante de un teclado y con un revolver en la mano. Invitablemente los dramas tienen muchas escenas, pero la tragedia solo una, no es cosa para pensar y sentirlo así, pero es lo único que queda, cuando la realidad, cruel e inexplicable, invade la frontera de la ficción.
¿Whisky, por qué has puesto Whisky, si conozco pocas personas más vitalista que tu, si esa película es deprimente?”. “Ser vitalista no está reñido con ver la vida como es. Simplemente es cuestión de darle la vuelta”.

Quizás el impulso vital de aquella película fuera ese, pensé con mi lista en mano, pero por si acaso señalé Entre copas, que uno tiene sus épocas, y a veces gusta que la vitalidad te la den mascada. Mientras, se desarrollaba una escena que hubiera hecho las delicias de Rebella: una madre le hacía preguntas a un chiquillo de casi un año y se contestaba a sí misma. “¿Qué quiere Javier?” “Quiero un poco de manzana” se respondía la madre y volvía al ataque “¿Qué vamos a hacer?” “Voy a andar un poquito”. Javier odiaba su alienación y balbuceaba.